La nueva era de la comunicación planetaria que rompe las barreras del tiempo, desdibuja las fronteras nacionales, favorece la sociedad del conocimiento, así como la interacción creciente entre países, economías y pueblos ha provocado una serie de cambios vastos y profundos en el terreno político, económico, social y cultural de los países y en sus formas de relacionarse con el exterior. Sobre todo, los países de América Latina desmantelaron sus proyectos históricos sustentados en el Estado-nación, trasnacionalizaron sus economías y se enfilaron hacia la reconversión productiva dando cabida al modelo neoliberal que excluyó del bienestar a grandes masas de la población.
La globalización actual dista de avanzar de manera simétrica y uniforme, todo lo contrario, se ha convertido en un fenómeno dispar y desigual que no trae aparejado los mismos beneficios para todos. Son las economías avanzadas las que se han enriquecido más en agudo contraste con países en desarrollo que ni siquiera han podido integrare a la economía mundial. El mismo Banco Mundial (BM) ha señalado que aproximadamente 2,000 millones de personas “no han entrado al proceso de globalización” y Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial en Davos, recientemente apuntó que el sistema capitalista falla en atender sus obligaciones con unas 3,000 millones de personas que sufren de hambre en el mundo.
Este capitalismo trasnacional ha fallado en corregir las asimetrías de la riqueza entre países y poblaciones y no ha globalizado las oportunidades de desarrollo económico y social para todos, además ha generado una serie de crisis económicas que han sacudido al mundo, desde la crisis mexicana de 1994-1995, considerada por el entonces Director del FMI, Michael Camdessus como “la primera en la era de la globalización” y seguida por la crisis asiática, el sismo financiero en Rusia y el llamado “efecto samba” en Brasil, pasando por muchas otras y hasta llegar a la sacudida financiera global del 2008, la peor tras la Gran Depresión.
Frente a este panorama, muchas voces del mundo se han alzado para exigir una “globalización con rostro humano” más democrática, justa y solidaria y de la necesidad indiscutible de “gobernar la globalización”, así como de transitar hacia la “civilización de la globalidad”.
EL MOVIMIENTO ALTERMUNDISTA
A la par del proceso, la política y la ideología de la globalización se teje el movimiento de los críticos de la globalización llamado “altermundista” o bien el “movimiento por la justicia global” tal y como se definen en Facebook. Se trata del surgimiento y proliferación de nuevos movimientos sociales que realizan transacciones en la esfera trasnacional y en pro del bien público, abrigando un mayor sentido comunitario y planetario.
Difícilmente se puede hablar de un movimiento “altermundista” plenamente homogéneo y conformado en su plenitud, más bien se apunta a un movimiento en construcción, articulado por numerosos grupos y coaliciones de activistas de muy diversos orígenes que luchan por aspiraciones multivariadas, que van desde el pacifismo, el ecologismo, el consumo alternativo, la reforma agraria y hasta la democratización del poder mundial. Sin embargo, convergen en la construcción de alternativas distintas a la modelo neoliberal favoreciendo la globalización de los derechos humanos, económicos, sociales, laborales y ambientales.
Estos grupos que abrigan a jóvenes y mujeres utilizan las nuevas tecnologías de la información que ofrece internet, los mensajes de texto y las redes sociales como facebook y twitter para trasnacionalizar sus métodos de resistencia y activar su conciencia cívica desde su entorno más local hasta el internacional, convocando a confluir en un punto del planeta para manifestarse y luego reencontrarse para hacer valer sus derechos emancipatorios.
Histórica fue la revuelta de Seattle en 1999, donde se realizó la III Conferencia Ministerial de la OMC, que marcó un “antes y después” para este movimiento de carácter plural, planetario y en pleno contexto globalizador que logró reunir a 50,000 personas en las calles. Desde ese momento, las siguientes rondas de negociaciones comerciales internacionales estarían marcadas por las protestas mundiales y los disturbios entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad. Dos años después de Seattle, surge el Foro Social Mundial (FMS) en Porto Alegre, Brasil, precisamente la contracara del Foro Económico Mundial en Davos, a fin de buscar la gestación de ideas y la formulación de propuestas alternativas que dieran vida a “otro mundo” y que justamente cumple en este 2011, diez años de existencia.
Dentro de las frases y reclamos más emblemáticos del movimiento altermundista cabe recordar los siguientes: “sin ejércitos no hay guerras” “no al intervencionismo, no a la globalización neoliberal y no a la destrucción del clima”, “solidaridad global y no economía global”, “deuda externa, abolición”, “ningún ser humano es ilegal” y o bien “un mundo donde quepan muchos mundos”.
EL MODELO ANTI-CUMBRE: DAVOS vs DAKAR
Mientras que en el Foro Económico Mundial en Davos, cada año confluye la élite política, económica y financiera más influyente del mundo, acompañada de destacados académicos, representantes de la sociedad civil y medios de comunicación, el Foro Social Mundial, representa la contraparte de los intereses capitalistas y de los países ricos y la cara de la construcción de modelos alternativos.
Las contra-cumbres o los foros sociales paralelos han sido una modalidad adoptada por el movimiento altermundista para expresar su descontento e inconformidad contra el “status quo” que ha forjado la globalización neoliberal, poniendo al desnudo la gravedad de los problemas económicos, sociales y ambientales del mundo. Justamente una de sus movilizaciones estelares fue en contra de la invasión a Irak, además de activar las protestas globales en reuniones regionales o cumbres internacionales “clave” como la de Davos, G8, G20, OMC, UE, entre otras, a fin de reforzar la red de redes y discutir los caminos para alcanzar una globalización solidaria.
Resulta sintomático que mientras en Davos se percibió un cierto optimismo por la recuperación económica global, el Foro Social Mundial en Dakar se ponga a discutir la “crisis de la civilización” un término presente desde el Foro Social en Belém Do Para. Sin embargo, llama mucho la atención la declaración reciente de Gerd Leipold, el Dir. Ejecutivo de Greenpeace Internacional, quién señaló que los discursos pronunciados por los líderes mundiales en Davos se apropiaron del lenguaje utilizado por la sociedad civil en el Foro Social Mundial, una muestra del “transformismo de Davos” como algunos lo llaman.
Si bien el Foro Mundial Social se ha convertido en un referente obligado para los miles de movimientos sociales y de agrupaciones locales, nacionales y globales que existen, habría que recordar que no abriga la pretensión de conformarse en un único espacio de representación de la sociedad civil mundial. Además, esta plataforma de ideas y diálogo enfrenta una serie de limitaciones pues se critica la falta de acuerdos y resultados concretos, así como la necesidad de superar el intercambio de experiencias entre militantes para escalar en la lucha política, tal y como lo apuntó Emir Sader del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
Por último, valdría la pena preguntarnos sobre la participación de México en el Foro Social Mundial y el movimiento altermundista. Los expertos coinciden en señalar que el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) justamente cuando entró en vigor el TLCAN fue el principal referente que anunciaba la nueva etapa de los movimientos de resistencia que ahora se manifestaban en contra del neoliberalismo y exclusión.
LA MIGRACIÓN EN UN CONTEXTO DE GLOBALIZACIÓN
Resulta paradójico que en un momento de globalización económica y de una mayor interdependencia y conectividad entre los países, pueblos y culturas se impongan cada vez más barreras a libre flujo de personas en el mundo. ¿No se supone que estamos presenciando un desdibujamiento de las fronteras económicas, sociales y culturales?
La globalización que nos acompaña hoy y que ha favorecido la apertura de las fronteras económicas y comerciales, la libre circulación de capitales y la homogeneización de los patrones culturales y del consumo global, se erige en franca oposición a algunos proyectos democráticos de los pueblos y también a la libre circulación de las personas.
Esta migración creciente de trabajadores del Sur al Norte que buscan mejores oportunidades de vida se configura en uno de los signos más distintivos de la globalización actual, sin embargo la tendencia hacia la criminalización de los migrantes, por ejemplo en Estados Unidos con la Ley SB 1070 en Arizona, la expulsión de gitanos de Francia a sus países de origen y el número cada vez mayor de deportaciones, repatriaciones y violaciones a sus derechos humanos, es una de las muestras más reveladoras de que la globalización castiga y fustiga a los trabajadores de menores recursos y con ello recrea las condiciones de desigualdad entre los países y estratos sociales.
La globalización en marcha está recreada por fuerzas que la guían estratégicamente y está arropada por intereses políticos y económicos particulares, hoy la violencia y las expresiones de hostilidad, racismo, xenofobia y discriminación en contra de los migrantes se hacen cada vez más latentes, propinando con ello un duro golpe a la plataforma multicultural, multiétnica y multirracial.
Si revisamos algunos de los testimonios de los migrantes nos podremos dar cuenta que la mayoría advierte que la migración no es una “elección” más bien es una necesidad y que la condición de “ilegalidad” que se les adjudica propicia la explotación laboral y la exclusión de todo tipo de derechos. “Ningún ser humano es ilegal”, es la consigna de muchos movimientos sociales y altermundistas.